AL FRENTE

Ya conocen mi querencia por la delantera, y en especial por eso que una vez llamé espacio sin fondo y fuera del tiempo, que es la primera línea, a donde llegué desde la tercera bien pronto y por razones, ¿cómo decirlo? de peso. Así que les hablaré de primeras líneas en las próximas entregas de Leyendas. Pero no como hasta ahora, sino del bloque, de la unidad que cada uno de ellos forman, en ese abrazo inmortal que funde sus destinos en la batalla que afrontan en cada melé.
No scrum no win, reza la máxima por todos conocida. Y sin primera línea no hay melé. No hay equipo que se precie y que haya dominado a sus rivales, si quiera por breve tiempo, que no haya contado con los servicos de una primera línea destacada. Escocia, con Jim Aitken, Colin Deans y Iain Milne; Francia con Robert Paparemborde, Peio Dospital y Philippe Dintrans o con Pascal Ondarts, Luois Armary y Jean Pierre Garuet; los All Blacks con Steve McDowell, Sean Fitzpatrick y Richard Loe; los galeses con Charlie Faulkner, Bobby Winsdor y Graham Price; los australianos con Enrique Rodríguez, Tom Lawton y Andy McIntyre o con Ewen McKenzie, Steve Kerr y John Daly; los argentinos con Serafín Dengra, Diego Cash y Luis Molina o Federico Méndez, Mario Ledesma u Omar Hassan; los sudafricanos Os Du Randt, Chris Roussouw y Balie Swart o los ingleses John Paul Rendall, Brian Moore y Jeff Probyn, o Jason Leonard, Steve Thompson y Phil Vickery y los irlandeses Gerry McLoughlin, Ciaran Fitzgerald y Phil Orr o John Hayes, Jerry Flannery y Marcus Horan. Tantos otros, españoles también: Zapiaín, Mocoroa y Pardo, o Santos, Álvarez y Altuna.
Quien asimile al primera línea con un bruto descerebrado (y no digo que no los haya) yerra calamitosamente. El juego del primera requiere de las dosis conocidas de fuerza, de la más depurada técnica y de una fina comprensión de la estrategia que lleve a doblegar al trío contrario en el menor número de escaramuzas posibles. Y esas cualidades sólo son propias de gentes cabales y consecuentes. Claro que hablo de los clásicos y alguien me reprochará justamente que vuelva por mis fueros, esos que me achacan una aversión a la innovación. Pero ocurre que no se requiere mi concurso para alabar lo nuevo, sino para glosar lo antiguo. Y eso hago. Además coincido con el viejo león inglés que decía que ya no hay primeras de la calidad de antes. Que ahora son más grandes y más fuertes sí, que como en el Cretácico, triunfa el gigantismo y si los sudafricanos de antaño nos parecían colosos las pocas veces que los veíamos en grabaciones VHS que nos traía alguien que había ido a Inglaterra, ahora, salvo la honrosa excepción francesa y la del wallaby Matt Dunning, parecerían gorditos del tercer equipo, batalladores y lentos. Y es que ese inglés señalaba que las luchas que mantuvo con Ondarts o Garuet habían de ser cantadas por inspirado bardo y que de ese estilo no las había vuelto a ver jamás. Que al dolor físico de la carga de entrada, naturalmente sin tiempos, seguían tres segundos eternos durante los cuales podía el primera contrario repasar las más insignificantes terminaciones nerviosas de cada una de sus cervicales y sentir como el esternocleidomastoideo de su lado malo, que coincidía inopinadamente con el bueno del francés, se convertía en goma de mascar antes de que el balón acabara felizmente en el lado de los ocho resollantes y habladores delanteros galos. Claro que contra el argumento de mi inglés, y le creo, que duro lo fue como el sólo, se alega por otro de mis interlocutores habituales aquel test-match en el Parque de los Príncipes, año 1990, en que la temida primera línea francesa (Laurent Seigne, Luois Armary y Pascal Ondarts) compareció en la formación que respetuosamente escucha los acordes nacionales de los contendientes sangrando ya por cejas y narices. Al parecer el acondicionamiento mental en el vestuario había superado los límites habituales y el grado de sofronización les llevó a comportarse como juramentados musulmanes, sin que Blanco, el capitán, se hubiera atrevido a hacer nada por evitar ese desaforada coducta. Les aseguro que los sujetos daban más miedo del habitual y los espectadores nos prometíamos una lucha titánica y los aficionados franceses, sin duda, la revencha del partido previo (12-30) en que los All Blacks McDowell, Fitzpatrick y el inefable Loe habían humillado a Marc Pujolle, Marc Dal Maso y el mismo Ondarts. Sin embargo la sonrisa irónica del malvado Richard Loe no dejaba lugar a dudas: esos espectáculos no les iban a impresionar en absoluto. Es más, debió pensar, el aspecto de sus rivales le iba a ahorrar muchas explicaciones al referee, como fatalmente sucedió, para los locales, que sufrieron un repaso de proporciones homéricas desde la primera formación del partido. Uds. han oído hablar en los últimos meses de los efectos del choque de placas tectónicas sobre la tierra y de la escasa consitencia del terreno cuando sufre el paso de las ondas sísmicas. Pues eso les aconteció a las espaldas francesas frente a la insondable y negra técnica neozelandesa, hasta el punto de que Ondarts tuvo que ser sustituido en el minuto 70 por Philippe Marocco, lo que fue toda una novedad en aquel tiempo en que no había cambios tácticos. Naturalmente Francia se doblegó por 3-20 y me consta que los neuróticos fueron amonestados severamente, eso sí, cuando recuperaron la consciencia.
Por eso digo que a pesar de sucesos como ese, es la primera línea un lugar para gentes cuerdas y sensatas, que no se puede emplear uno en la más sorda y noble lucha del país de Ellis sin una cabeza bien amueblada, a riesgo de perder al propio equipo, y no está bien que los dignísimos alas, que esperan con entusiasmo allá lejos que les llegue algún balón con que deslumbrar a los admiradores de la banda, vean sus expectativas frustradas por la mala cabeza del número 123. Y es que sin esa inteligencia natural que nos ha sido dada, la primera línea puede convertirse en una sucia trinchera y es nuestro deber evitarlo. Debemos disciplinar por tanto al segunda línea que se atruibuye indebidamente el papel de justiciero y voltea arriba y abajo su puño, descuidando la traba de su compañero de delante, para malaventura de los pómulos y cejas del talonador contrario; o al tercera-ala que barre la pierna de apoyo del pilier en el momento más inoportuno, precisamente cuando el señor árbitro (o señora, que las hay y bien cualificadas) está en el otro lado de la plataforma. Y ¿cómo aplicar esa disciplina? Como son Uds. versados en el noble arte del oval, que por eso leen estas páginas, no será menester que les aclare que hay dos maneras: o el capitán se dirije al árbitro en cuanto sea oportuno o se declara entre las filas del equipo un código rojo al modo Nicholsoniano y se propicia la ocasión en cualquiera de los agrupamientos subsiguientes. Eso sí, no seré yo quien propugne públicamente esta opción, que por palabras menos enjundiosas ha habido procesamientos y sentencias.
Un Universo es la primera línea estimados lectores. Un universo del que les iré hablando en esta serie que ahora comienza. Entre tanto disfruten de su tiempo oval, quien disponga de él.
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